La soledad del viajero

Tengo varios artículos pendientes para empezar a activar el blog que debería escribir antes de este sobre la soledad del viajero. Pero como siempre, “lo urgente no deja tiempo para lo importante”. Y entre arreglar el desastre que he producido en la vitrocerámica de mi nuevo hogar mientras me calentaba la leche de avena en una cazo. No tengo microondas y esto me ha hecho retornar a mi infancia en casa de mis abuelos. Y la llamada necesaria de mis padres. Que aún no se habían dignado a oír mi voz (jajajaja). Con comunicación con Nala, mi compañera perruna, incluida. Han hecho que, además de que se me haya pasado la tarde. Haya brotado en mí una especie de melancolía que me ha hecho pensar en escribir esto.

Cuando viajas solo nunca estás solo

La verdad es que cuando viajas nunca estás solo. Siempre hay alguien nuevo. Siempre hay alguna persona que te sorprende. Todos los días hay gente que conocer, animales, paisajes, colores. Hay cosas buenas y cosas malas. Calorcito y frío polar, pero todo forma parte del viaje y hace que sea casi imposible sentirse solo. Más aún hoy en día. Puesto que gracias a la tecnología es muy fácil sentir a tu lado a los que están muy lejos.

Pero si bien esto es cierto, está más que extendido entre los que viajamos solos- Y ahora creo que ya me he ganado el derecho a incluirme en este grupo. Un sentimiento algo ambiguo. Y digo ambiguo por lo contradictorio que tiene sentirse libre y solo al mismo tiempo: la soledad del viajero.


La verdad es que, como digo, todavía no he tenido mucho tiempo de sentirme sola. Y apenas he podido sufrir, (o disfrutar), de estos momentos de bajón. Pero es algo así como que te invade un sentimiento de: “ y yo que cojones hago aquí. Si en mi casa me pagan la comida y tengo gratis el alojamiento. Si allí están mis amig@s, y mi familia, y mi perra. Joder, quién cojones me manda a mí venirme hasta el culo del mundo. A hacer lo que sea que estoy haciendo. ¿Porque qué estoy haciendo? Y encima sola. Mandan huevos…”

El efecto Instagram sumado a la soledad del viajero

Junto con este sentimiento, ahora además surge uno nuevo que acrecienta al primero. Que no sé si lo denominan así o no, pero a mí me gusta llamar el “efecto Instagram”. Y que no es ni nada más ni nada menos que el que nos hemos acostumbrado tantísimo a ver lugares tan idílicos. Casi todos retocados con mi amigo Photoshop o sucedáneos.Filtritos power, no os engañéis.

Que cuando llegamos a un lugar decimos: ¿y esto era? Y además nos empeñamos en buscar “la foto” por encima de disfrutar del momento. Porque si no lo cuentas no ha pasado. ¿No? No seré yo quién diga que se salva de esto último. Porque todos lo hacemos. Pero siendo consciente de este efecto me he puesto la norma de los cinco minutos. Al menos cinco minutos admirando una ciudad. Cinco minutos mirando un paisaje o cinco minutos disfrutando de las vistas en esa montaña a la que, joder, me ha costado una puta hora subir. Y ahí no valen móviles ni nada de nada. Sólo estamos el mundo y yo. Y bueno, mis rollos del coco, que tampoco están mal.

El miedo a perder la ilusión en la vida

Pero a lo que iba, a la soledad del viajero y al efecto Instagram cabe sumar otra cosa. Algo que el otro día comentaba con una de las personas que mejor me conoce. Y que prácticamente debe de tener un coco igual de poco amueblado que el mío. Porque casi siempre pensamos igual. El miedo a quedarme sin ilusiones. Es algo en plan: “y si cumplo esto¿después qué?”. Pues la respuesta que me dio mi amiga Anita es el mismo argumento que he encontrado yo para arremeter contra la soledad del viajero. Contra el efecto Instagram y contra el miedo a perder la ilusión. Y es muy sencillo: moverme.

Sí, la soledad del viajero existe y desde luego hay momentos en la vida en que todos nos quedamos sin ilusiones. Pero al igual que en cada viaje, creo que la clave es tan sencilla como seguir avanzando. Cada día una cosa nueva. Una nueva ilusión. Un nuevo camino. ¿Y cuando terminas el viaje? ¿Adiós a las ilusiones? No. Porque siempre habrá algún lugar que conocer. Alguien a quién encontrarnos. Un plato que probar. Un bonito gatito con el que jugar un rato…

Resumiendo: que la vida no espera

¿Me seguís, no?

Al final, la cosa es tan sencilla como que para no hundirte, tienes que seguir avanzando. Cuando escribía sobre deporte me gustaba decir que siempre hay que seguir corriendo,. Porque la vida al final es camino, y creo que aquí es exactamente lo mismo. Al final, sea una carrera o un viaje, la vida es maravillosa porque tenemos la suerte de poder vivirla y de elegir nuestros propios caminos… ¿Qué podría haber más ilusionante que eso? Sigamos caminando. Sigamos corriendo, sigamos escribiendo. Haced lo que sea que os de la gana.  Lo que sea que os de la vida, pero sea como sea no nos quedemos quiet@s. Porque como siempre me gusta decir: “life is a travel”, y sencillamente…

 

Vivir es lo único urgente.

Si os habéis quedado con ganas de más podéis visitar este link.

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2 opiniones en “La soledad del viajero”

  1. Buena reflexión, todavía no estás en fase melancolía o fase bajón, pero cumplir un sueño nunca es el final, es el principio de nuevos sueños, bien te dijo tú amiga, cada uno tiene su propio propósito y si, vivir, vivir es lo único urgente.

Comentarios cerrados.