Sol y luna

Él era como un día de sol: radiante, luz, brillo. Ella era como la noche: oscura y misteriosa. A pesar de todo, él había sabido ver en ella ese especial brillo que sólo tiene la luna. Ella había aprendido a apreciar en él ese especial encanto que sólo se encuentra en los brillos más oscuros. Y aunque sólo podían verse unos pocos minutos al día. Al amanecer cuando los reflejos del sol aún no alcanzaban a opacar la luna. Y al atardecer, antes de que ésta comenzara a ejercer su influjo sustituyendo al astro rey: se querían.

Las góndolas de la Piazza San Marco eran testigos mudos de su intermitente amor prohibido.  Y esos intensos instantes de magia entre la noche y el día, entre el día y la noche. Esos en los que cuentan las leyendas venecianas que todo puede pasar, eran el escenario perfecto para su pasión. Y así pasaban los días mientras disfrutaban de estos fugaces instantes. Que aunque no eran mucho, siempre habían sido bastante para aquellos dos amantes con color de luna y brillo de sol, con brillo de luna y color de sol.



Unas pocas horas de sol no eran suficientes para la luna

Pero ella decidió que no tenía suficiente con aquellos momentos fugaces. Se propuso robarle más minutos al día. Anunciaban eclipse parcial y su plan se antojaba perfecto. Disfrutaban de esos instantes robados al tiempo cuando de pronto el eclipse se convirtió en total y la luna opacó al sol. Él se apagó de repente. Ella, al ver que él perdía su luz acudió en su ayuda. Cuando el sol regresó totalmente no fue capaz de soportar tanto brillo.

Cuenta la leyenda que, si te fijas bien, aún puede verse una góndola con un brillo especial. Justo en en esas horas mágicas en que ni el día alcanza a ser noche ni la luna logra atrapar todavía al sol, compartiendo su amor por los canales de Venecia.

Escribamos el horizonte en...
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