El agave

El ágave de Le Cinque Terre

¿Y cuál dice que era el barco?– Preguntaba el aprendiz a la inspectora desde aquel rincón idílico de le Cinque Terre. Aquel lugar por el que día tras día transitaban miles de turistas.

El de la punta, el que está solo – Respondía ella, casi absorta, sin poder dejar de mirar aquella fatídica escena. Conocía a Fabriccio Lombardi desde su más tierna infancia en Le Cinque Terre. Y todavía no podía entender como aquel enérgico abuelete de 83 años. Aquel que día tras día se levantaba con una sonrisa entrañable para salir a navegar con su barco. Y que parecía haber llevado perfectamente la enfermedad de su esposa y su fallecimiento hacía entonces un mes y un día. Había podido saltar la noche anterior justo desde aquel lugar. Dónde la propia inspectora había estado presente cuando lanzaron las cenizas de Alessandra, la esposa de Fabriccio.

El desenlace de la historia de le Cinque Terre

Lombardi había sido capaz de sobrellevar la larga convalecencia del único amor de su vida. Y su fatal desenlace en Le Cinque Terre. Había tragado con lanzar sus cenizas. Porque sus hijos así lo habían querido. Justo desde aquel lugar en que empezó su historia.

Había soportado el ver, día tras día cuando salía a navegar durante aquel mes que a él le parecieron 100 años. Ese desafiante agave que parecía querer decirle que no había pasado nada. Que seguía teniendo tequila en casa, de ése que tan bien le salía a ella. Ya que ninguno de los dos habían soportado nunca el licor tradicional italiano. Y que la ropa seguía tendida en las cuerdas artesanales que su esposa fabricó con la misma planta hacía ya mucho tiempo.
Pero esa pasada noche fue incapaz de soportar el momento en que se le acabó la última gota de su bebida favorita. El delicioso tequila de Alessandra, y llamó a su amigo Luciano.
Vente para mi casa, tomaremos limoncello. -Fueron las últimas palabras que éste pronunció a su amigo.

La ropa aún sigue colgada en aquel balcón de Vernazza.

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