31 de diciembre en el Coliseo

Roma de leyenda

Como todos los años, Michela había vuelto a Roma para pasar la Navidad con su abuela y celebrar el 31 de diciembre en el Coliseo. Nico, que actualmente estudiaba en “la Ciudad Eterna”, la esperaba emocionado junto al Coliseo. Siempre, desde que acertaba a recordar, había estado enamorado de ella. Aunque, por supuesto, Michela no tenía ni idea.

Después de un reencuentro mágico y de ponerse al día, decidieron ir a tomar algo. Al pasar junto a uno de los muchos “gladiadores” que, como si de seguratas se tratase, rodean el Coliseo, éste se arrimó a Michela aludiendo a su belleza con un certero (o al menos a Nico se lo pareció): “bella”, e intentó persuadirla para que se hiciera una foto con él (foto por la que después le pediría como mínimo 10 euros). Nico la animó a hacerlo, escondiendo que realmente conocía a todos y cada uno de los tipos que, vestidos de romanos, rodeaban el Coliseo. Porque él era uno de ellos. Pero por supuesto esto tampoco se lo había confesado a Michela, ya que bien sabía las risas que habría suscitado entre el resto de su pandilla. Así que no insistió.

Al salir del Coliseo y encaminarse hacia la Fontana para disfrutar de un paseo (a Michela le gustaba visitar todos estos lugares cada vez que viajaba a Roma, sobre todo pasar el 31 de diciembre en el Coliseo, pues cada año le parecían más bellos y nunca se cansaba de verlos), le comentó a Nico:

Si hubiera ido disfrazado de Papá Noel sí me hubiera hecho la foto.

¿De Papá Noel? – Nico la miró, sorprendido por la simpleza de su comentario.

Sí. Cuando era niña, todos los años mis hermanos y yo veníamos el 31 de diciembre a hacernos la foto con “Papá Noel”. Le agradecíamos los regalos que nos había traído y pasábamos un rato con él. Es una de las imágenes de mi infancia que tengo grabada claramente.

Vaya… – Nico no sabía muy bien que decir.

¿Y sabes qué? Siempre nos molestaba que mamá viniera con nosotros pero papá siempre tuviera otros asuntos más importantes. ¡Con lo importante que era eso para nosotros! Hasta que, cuando fui más mayor, revisando las fotografías me di cuenta de que era él. Siempre fue él. – Concluyó Michela con lágrimas en los ojos.

Nico no pudo evitar temblar al escuchar esta historia. El padre de Michela había fallecido cuando ella tenía 5 años. Y aquel recuerdo le conmovió. Así como que ella hubiera querido compartirlo con él.

(…)

El día 31 amaneció frío, pero soleado.  “Hace un sol maravilloso”- dijo concretamente Michela – vamos a dar un paseo. Y así lo hicieron. Caminaban tranquilos, saboreando el momento, porque Michela sabía que, como todos los años, el día 1 tendría que dejar su amada Roma. Y Nico sabía que tendría que dejar ir un año más a Michela sin haberse atrevido a decirle nada. Parecía casi una tradición, pero ambos cumplían religiosamente con ella. Hasta que llegaron al Coliseo.

Michela se puso a temblar. Nico sonrió. Los alrededores del majestuoso monumento se encontraban abarrotados de Papa Noeles con detalles, como una espalda o el casco de alguno de ellos, que denotaban que en algún pasado estos hombres barbudos habían sido gladiadores.

Michela miró a Nico, que había aprovechado el momento de asombro de ésta para colocarse el gorro de Papá Noel y así acompañar al resto de compañeros “gladiadores” a los que había convencido para hacer este bonito gesto y éste simplemente le dijo: ¿una foto, bella?

El día 31 de diciembre

Sucedió en Navidad, pero pudo haber sucedido en cualquier época del año. En este caso se llamaba “amor”. Pero cada día, en cualquier lugar del mundo, puede llamarse “amistad”, “amor por tu familia”o “cariño”. No olvidéis que los pequeños detalles son lo verdaderamente grande. Tampoco desaprovechéis nunca cualquier oportunidad para hacer más felices a los que tenéis al lado o a cualquier otra persona que aparezca en vuestro camino. Por supuesto no dejéis de haceros felices a vosotros mismos.

Y no perdáis nunca, nunca, las ganas de seguir luchando y de seguir viviendo, porque definitivamente somos afortunados porque estamos vivos. Porque el odio es un lastre. Y porque sin duda, el amor (de pareja, familiar, de amigos, a tus mascotas, a ti mism@, eso da igual) es lo único que crece cuanto más se reparte.

¡Qué seáis muy felices!

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Epílogo: el milagro de Liguria

Una calle de Liguria

Y después de comprender que un atardecer también puede ser el principio Anabella decidió que iba a cumplir su sueño de ver el mundo. Pero no sin antes vivir unos meses en aquellas preciosas cinco tierras de Liguria. Las tierras que vieron crecer a su madre. Y que hasta aquel momento le resultaban tan ajenas y en cuestión de un año había aprendido a amar como suyas.

15 de septiembre, era el día de la Fiesta de la uva en Riomaggiore, una de las más famosas en Liguria. Y la joven había acudido con sus nuevos vecinos Nicolás y Michela. A quienes finalmente la vida les había demostrado que sí se podía tener más suerte. Esto en el nuevo barco que habían adquirido con el dinero que les había tocado. Todo gracias a un billete de lotería que un ángel anónimo había depositado sobre su acordeón. Sin duda en la que fue su última jornada creando música por necesidad. Durante la travesía Michela tripulaba mientras Nicolás tocaba el acordeón. Éste seguía pensando, mirando a su esposa, que no se podía tener más suerte.

Un día de fiesta diferente en Liguria

La jornada transcurría festiva y animada como todos los años. Hasta que en un punto de la fiesta, justo al atardecer, comenzaron a escucharse gritos. Algunos lugareños empezaron a santiguarse e incluso huyeron asustados. Todo para disgusto de los forasteros. Pues habiendo escuchado ese mismo día la historia de Nicoleta y Leonardo y su trágico final, entraron en histeria y pensaron que su padre había regresado del más allá para ejecutar su venganza de nuevo… Tanto barullo se armó que al final tuvo que intervenir la autoridad competente.

La inspectora de Liguria llegó a la plaza y avanzó hacia el lugar dónde se había originado todo el jaleo. Una multitud de curiosos rodeaban y cuchicheaban alrededor de un par de personas que ocupaban una de las mesas del bar. La inspectora cayó de culo literalmente cuando vio a Fabrizzio Lombardi. El vecino de toda la vida al que juraría haber enterrado solo algunos meses atrás, compartiendo un tequila con su mejor amigo Luciano.

¡ Giulia, Luciano encontró en mi sótano cien botellas enteras! ¡Alessandra lo preparó todo!- fue la bienvenida que el viejo Lombardi dio a la inspectora.

Giulia estalló en carcajadas. Bienvenido- dijo, y no hizo falta decir nada más.

El desenlace de la mágica historia

Al día siguiente todos los periódicos de Liguria amanecieron con la historia del “milagro del 15 de septiembre”. Apelando al influjo mágico que la historia de Nicoletta y Leonardo ejercían ese día especial en las cinco maravillosas tierras. En la noticia completa se podía leer como protagonista a Lombardi. Este aterrado ante la idea de soportar la cotidianedad de Vernazza sin su maravillosa Alessandra. Y sin su delicioso tequila. Había decidido fingir su propia muerte y largarse a vivir sus últimos años a Benidorm. Dónde había tenido la suerte de que le tocara la lotería.

Y al recibir la llamada de su amigo Luciano, quién estaba al tanto de todo, informándole de su nuevo hallazgo, decidió que no necesitaba tanto dinero. Porque definitivamente no podía haber tenido más suerte. Ya que había podido compartir casi toda su vida con su querida Alessandra. Quién por cierto, adoraba los acordeones.

Y en aquella peculiar jornada, todos los que pudieron asistir a aquel curioso milagro también comprendieron, como Anabella, que un atardecer puede ser el principio.

FIN.

 

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