La abubilla

Los campos de la Val d'Orcia

El pequeño Marco avanzaba divertido con su abuelo Lorenzo por aquellos campos de Val d’Orcia que habían visto crecer a tantísimas generaciones de su familia (tantas, que Marco pensaba que ni siquiera sabía contar hasta ese número). Le encantaba pasear entre los sembrados, jugar con los perros, ayudar a los abuelos y a sus padres y disfrutar por el campo jugando con sus amigos y con su hermano Lucca. Su abuelo siempre decía que era un soñador, como él, e incluso muchas veces tenían que despertarlo aún estando despierto porque se quedaba ensimismado en sus propios pensamientos sobre las flores, el viento, e incluso sobre ciertos insectos o animalillos que corrían por aquellas tierras.

Sobre todo le fascinaban las aves, en especial la abubilla, o “upupa” como su abuelo siempre la llamaba. Un pájaro con un majestuoso plumaje que le hacía parecer una elegante mariposa gigante. Y aún la adoró más cuando su abuelo le contó la historia de los hermanos Grimm que explicaba que la abubilla fue pastor en su otra vida.

Pero alimentó tan mal a su ganado, que por mucho que le gritaba: “up, up, up”, los animales no se levantaban. Y aún hoy en día, aunque ya no son pastores, las abubillas siguen gritando: “up,up,up..”- Relataba su abuelo, entusiasmado ante la alegría de su nieto, quien no paraba de reír y aunque ya sabía la historia de memoria le pedía que se la contara una y otra vez.

(***)

Unos años después en Val d’Orcia…

¡¡Marco!! ¡¡Me estás escuchando?! ¿Pero qué cojones has hecho!!? – Y de repente la voz de Lucca lo sacó de su ensimismamiento. Y es que su abuelo tenía razón. Pues incluso ahora, a sus 30 años, muchas veces seguía soñando despierto.

Su ambicioso hermano Lucca le gritaba desde el medio de la carretera. Se había tirado al suelo para darle más dramatismo al asunto.

Pero tú que te crees, Marco!!? ¿Que tienes derecho a joderme la vida? – Gritaba Lucca a su hermano desde mitad de aquella vía de la Val d’Orcia. Hacía aquello mientras trataba de recoger algunos trozos de papel. Todo con la esperanza de que eso sirviera de algo. Estaban justo delante de sus campos. Los que los habían visto nacer, crecer, llorar, caer, aprender, enamorarse, reír y después marcharse a la gran ciudad en busca de una vida “mejor”. Mientras  tanto su hermano lo miraba inmóvil desde el lateral de la carretera.

Justo cinco minutos antes había estado apunto de firmar un contrato de venta (que ya contaba con la firma de su hermano) por valor de un millón de euros. Curiosamente, en aquel momento, una majestuosa abubilla se posó sobre su coche en aquel lugar de la Val d’Orcia.

Finalmente, Marco se acercó a levantar a su hermano de mitad de la carretera.  Y quitándole de las manos los trozos del contrato que él mismo acababa de romper, le extendió la suya mientras sonreía y le decía:

“Up,up,up.”

Y Lucca estalló en carcajadas.

 

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