Los candados del Ponte Vecchio

Los candados del Ponte Vecchio

Como todo el mundo en aquel lugar ella se encontraba intentando encontrar la mejor perspectiva para sacarse una buena foto con el Ponte Vecchio de fondo. No vaya a ser que pensaran que no había estado allí. Le había comprado un palo selfie a uno de los muchos chicos que se encontraban vendiéndolos en el lugar, como había visto ya en otros sitios turísticos que había visitado por Italia. Él estaba haciendo exactamente lo mismo para contar la historia de los candados del Ponte Vecchio. Pero como no tenía mucha gracia no conseguía sacar ni una foto buena. Así que amablemente, en su nefasto inglés, le preguntó si, por favor, podía sacarle una instantánea.

Ella enseguida detectó su acento:

Claro, pero si me lo pides en español, igual te entiendo mejor. – Los dos soltaron una carcajada.

Y después de la foto siguieron hablando. También tomaron un café. Más tarde una cerveza. Y luego fueron a cenar. Sin darse cuenta se encontraron a las 12 de la noche paseando por encima del puente más famoso de Florencia como si se conocieran de toda la vida.


Los candados del Ponte Vecchio y su magia

¿Sabes el rollo de los candados del Ponte Vecchio no?- dijo él

Ilústrame- respondió ella.

Pues la leyenda decía que las parejas que pusieran un candado en el puente y después tiraran la llave al río serían para siempre. Algo así como que su amor no terminaría nunca.- continuó

¡Vaya!- dijo, sorprendida.

En realidad se ve que la idea se le ocurrió a un cerrajero. Que para vender más le dio por anunciar sus servicios en el puente de esta forma y se inventó todo ese rollo- continuó él.

Los orígenes del marketing– dijo ella, sonriendo.

Ya ves-respondió él- pero al final tuvieron que prohibirlo porque estaba todo a tope de candados. Y no sólo aquí, seguro que has visto en muchos más puentes… Ahora si te ven poniendo uno multa que te cae.

Tampoco me gusta mucho la idea del candado-dijo ella- el amor, si es de verdad. No ata. El amor debe ser libre ¿no?

Candados del Ponte Vecchio

El amor es la libertad de volar acompañado

El ladeó la cabeza, pensando- se me ha ocurrido algo. Ven. – Y tomándole la mano le llevó hasta un lugar en el que aún había sobrevivido algunos candados. Se sacó del bolsillo un clip y sonriendo le dijo:

Vamos a liberarlos.

Ella rió, pero el consiguió abrir los cinco candados que todavía había enganchados. -¿Y ahora qué hacemos con ellos?

Pues los dejamos volar- Respondió ella.

Y uno a uno, lanzaron los candados al río. Los dejaron volar. Y después volaron ellos. Sabían que no se volverían a ver nunca más. Pero aquella historia de libertad de los candados del Ponte Vecchio perduraría para siempre en su memoria.

De vuelta al hotel ella no podía dejar de darle vueltas en su cabeza a la frase: “ni el amor es una jaula, ni la libertad es estar solo. El amor es la libertad de volar acompañado. Es dejar ser, sin poseer.”

Y se dio cuenta de que a veces las mejores historias son también las más breves.

Sol y luna

La mágica luz del sol de un amanecer en Venecia

Él era como un día de sol: radiante, luz, brillo. Ella era como la noche: oscura y misteriosa. A pesar de todo, él había sabido ver en ella ese especial brillo que sólo tiene la luna. Ella había aprendido a apreciar en él ese especial encanto que sólo se encuentra en los brillos más oscuros. Y aunque sólo podían verse unos pocos minutos al día. Al amanecer cuando los reflejos del sol aún no alcanzaban a opacar la luna. Y al atardecer, antes de que ésta comenzara a ejercer su influjo sustituyendo al astro rey: se querían.

Las góndolas de la Piazza San Marco eran testigos mudos de su intermitente amor prohibido.  Y esos intensos instantes de magia entre la noche y el día, entre el día y la noche. Esos en los que cuentan las leyendas venecianas que todo puede pasar, eran el escenario perfecto para su pasión. Y así pasaban los días mientras disfrutaban de estos fugaces instantes. Que aunque no eran mucho, siempre habían sido bastante para aquellos dos amantes con color de luna y brillo de sol, con brillo de luna y color de sol.



Unas pocas horas de sol no eran suficientes para la luna

Pero ella decidió que no tenía suficiente con aquellos momentos fugaces. Se propuso robarle más minutos al día. Anunciaban eclipse parcial y su plan se antojaba perfecto. Disfrutaban de esos instantes robados al tiempo cuando de pronto el eclipse se convirtió en total y la luna opacó al sol. Él se apagó de repente. Ella, al ver que él perdía su luz acudió en su ayuda. Cuando el sol regresó totalmente no fue capaz de soportar tanto brillo.

Cuenta la leyenda que, si te fijas bien, aún puede verse una góndola con un brillo especial. Justo en en esas horas mágicas en que ni el día alcanza a ser noche ni la luna logra atrapar todavía al sol, compartiendo su amor por los canales de Venecia.